¿Por qué margen de error?

Lo que importa no es tanto el error, sino el margen. O 50-50. Pero sin esa pequeña brecha, sin que nos falte un poco, no habría posibilidad de mejorar. Hay errores congénitos, que nos acompañarán toda la vida, como una "fallita" en un ojo. Pero eso no quiere decir que no veamos bien. Al contrario, nos obliga a esforzarnos por ver mejor.
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0 Libre fluir

jueves, 7 de abril de 2011

Me pregunto si vale llorar, porque ganas no me faltan. Yo, que soy ahora esta yo que escribe, soy esa misma que ahí era tan chiquita.
Siempre me dio miedo la línea A. Bah, siempre no. Antes. Ahora angustia. Sin duda era domingo, tan café con leche diría Cortázar. Yo sólo puedo decir tan Plaza de Mayo, ese olor inexplicable a madera, rieles, transpiración, días y días de esa cinta de Moebius, pero detenida por el domingo. Ese olor a olor detenido en el tiempo. Los domingos con papá tenían siempre un sabor diferente, no importaba qué había en la heladera; el resultado era un manjar.  Pastas, pan caliente, salsas con sabor a Italia. La familia unida es una mentira, pero cómo nos gustaba mantenerla, jugarla, representar ese rol que era el deber ser. La mamá, la familia tipo, la hermana mayor que huye siempre hacia adelante, yo sola en un subte que prende y apaga sus luces.
Los domingos empezaban siempre con Mochín Marafiotti. El auto de papá era una catramina, una cafetera y él, un chofer al que le pedía que apure su motor. Será por eso que cuando íbamos a la plaza, me llevaba en subte. Nunca le dije que tenía miedo. Siempre ser valiente, sí, papá, me encanta el subte y no tengo miedo si me das tu mano.
Tener miedo era un pequeño precio que había que pagar por pasar una tarde con papá.

0 Un día voy a ser otra distinta

martes, 5 de abril de 2011

Se encontró perdida en los ojos de esa mujer que viajaba frente a ella en el colectivo. Pese a las arrugas de su cara, que eran el fiel reflejo de haber sufrido en la vida, se notaba que era una mujer hermosa. Se la imaginó de joven, con la piel lisa y suave, levemente maquillada. Quizás caminando por las calles de su barrio, del brazo de su madre o su tía, mientras los muchachos le ofrecían piropos inocentes para conquistarla, mientras el colorete se acentuaba más a medida que se ruborizaba y les devolvía una risita tímida, que era todo lo que podía darles. Sí, sin duda era todo lo que podía darles y algo terrible habrá pasado, se ve en su cara, en cada marca de los años que cruza su piel de lado a lado, en la comisura de los labios levemente inclinada hacia abajo, como un gesto de perpetua tristeza. Sin embargo sus ojos tenían una chispa especial, una vida inagotable, un parpadeo adolescente. Esos ojos azul profundo, no iban en esa cara, no combinaban. Como si hubieran permanecido jóvenes, sólo ellos, sólo los ojos, mientras la vida pasaba por arriba del resto del cuerpo de aquella mujer.
Se entretuvo pensando en cuántos años tendría, tarea dificilísima. Si la miraba de lejos, entera; tenía sin dudas más de 50 años. Su ropa, denotaba la lucha que representaba para ella el día a día. Incluso, pensó, podía tener alguna enfermedad. Artritis, quizá. Alguna de esas enfermedades que tienen las mujeres cuando envejecen, cuando deja de importarles su vida, como a su tía Antonia, que cuando ya no tuvo motivos para quejarse, cuando ya había criado a todos los hijos y nietos que pudo, propios y ajenos; cuando ya no pudo desahogar sus gritos en el tío Jacinto, que en paz descanse; cuando tampoco estaban ya los abuelos signando la desgracia en su vida; es decir, cuando finalmente, según todo lo que siempre le había molestado, podía ser feliz, no supo como escaparse de tamaña responsabilidad y contrajo una enfermedad que ni los médicos más eruditos del país supieron decir cual era. Será la tristeza, como decía ella misma. Y debía ser, la tristeza de postergarse hasta el fin de los días. ¿Esta mujer se entendería con la tía Antonia? ¿Podrían ser amigas? Quién sabe, quizá incluso se pelearon por algún novio cuando eran jóvenes. Sin embargo, si con sus ojos hacía un zoom en los de su compañera de viaje, y los miraba detenidamente, no había un solo registro del paso del tiempo. Sus ojos permanecían frescos como una rosa recién arrancada de la tierra, humedecida por el rocío. Y su iris, de un azul nunca antes visto en otros ojos, gritaba historias. Cada pedacito de iris, como un vitreaux, formaba un dibujo que invitaba a descifrarlo.
Sintió deseos de sentarse junto a ella en el colectivo y mirarla fijamente, más de cerca. De preguntarle quién era, de saber quién era en realidad, saber si sus conjeturas eran ciertas, pero sobre todo, de mirarla. Tenía ganas de admirar esos ojos azules, abiertos de par en par, durante el tiempo que quisiera.
El sonido inesperado del timbre la asustó, y la sacó de su letargo. Desorientada, trató de conectar racionalmente la secuencia de hechos que habían sucedido en el pasado inmediato. Recordó, como si hiciera horas que no lo pensaba, la idea que ocupaba su mente segundos atrás: mirar la mujer de ojos azules tanto tiempo como quisiera.
Un escalofrío le recorrió la espalda entera. Tuvo miedo de no poder controlar ese deseo irrefrenable que sentía. Se imaginó haciéndola pasar un mal momento, obligándola a sostener la mirada en sus ojos, en su capricho. Se imaginó...pero el timbre sonó, y cuando volvió a hacer foco en la realidad, aquella mujer, ya no estaba allí.

0 Galatea

domingo, 3 de abril de 2011
Ya no es una, sino muchas, que son la misma. Es el cielo, es el mar, el principio y el fin, el instante. Se rompe en mil partes para formarse nuevamente. Se desarma, se articula diferente.
De la comisura de sus labios, comienza, con un suave gemido que es como un canto, su transformación; y su cara parece entonces un espejo de agua donde todo puede ser reflejado, todo puede ser visto a trasluz. Su cuerpo entero, el de Gala, se estremece por completo al ser tocado. Comienza por la punta de los pies, con un beso, suave. Suben por sus piernas unas manos, una…dos…quién sabe cuántas siente, quién sabe cuántas son, manos que la envuelven, mientras una lengua húmeda le recorre el abdomen. Su boca se humedece también, lo puedo sentir, y en su cabeza, ya no hay sino fragmentos, donde todo puede ser…Donde todo parece posible, aunque nada parezca real. En los ojos, mechones de pelo, del pelo de alguno de los dos. Su cuello ya no existe y ahora está formado por esas mismas manos que hace rato subían por sus piernas. Sus hombros aún sienten la tela que segundos antes los vestían y que ahora corre por sus brazos, en picada, apurada. Esa tela que quiere dejar libre su cuerpo para que estalle en círculos, en esferas, en átomos, para que pueda dividirse para sentir mejor.
Ya no hay ayer, ni mañana, ni siquiera hoy. Hay sólo este preciso momento en el que todo aparenta, en el que las cosas que son, dejan de ser y empiezan a parecer. Ese momento en el que no hay certeza ni razón. Ese, en el que no hay materia, sólo hay pasión. No hay ya dos cuerpos sino uno, no se distinguen piernas de brazos, bocas, ojos ni pómulos. Gala, ya no existe y con su respiración, entrecortada, fragmentada en mil partes, detiene el tiempo en ese instante para que todo se congele. Para permanecer y perdurar. Para que pueda cerrar sus ojos (sí, los tiene todavía) para ver mejor, para no perderse nada. Igual que yo.
Y la miro a Gala, pero ella no me devuelve la mirada. Ella, la que está ahí, en realidad no está. No me puede ver, ni parece interesarle, no pertenezco a su abanico de placeres. Ella es perpetua, es eterna en un instante excesivamente terrenal. Yo, un simple mortal, la admiro con la abstracción de la eternidad. Nuestros cuerpos se fusionan ahora.  Ella se desarma en esferas para dejar de ser cuerpo y pasar a ser pura energía, que girando en su propio campo magnético se descontractura en un instante mágico y sigue girando, hasta volver a su lugar, cuando sus labios, por fin, se cierren otra vez. ¿Y yo? ...yo, me desarmo con ella.

 

0 Cristina.


...una mujer se agarra la cabeza entre ambas manos, como si se le fuera a caer, como si ya no quisiese escuchar las gotas que caen sobre el aire acondicionado del departamento de abajo; está lloviendo. Pero no, no es eso lo que le pasa. Es que su cabeza le pesa, por los miles de sueños frustrados que lleva dentro. Si el plano se abriera un poco, veríamos que frente a ella se erige, inmortal, una máquina de escribir de los años cincuenta. Ella quiere ser escritora, pero asimismo, sabe que nunca lo será. Y eso le pesa, claro. Le pesa porque en lugar de estar escribiendo, se lamenta. De la inspiración que nunca llega, del libro que no termina porque no lo empieza, del blog inconcluso, de los proyectos truncados, en fin…le pesa la escritora que siente que está muriendo dentro de ella.
En el piso de abajo, el del aire acondicionado, una pareja tiene sexo frenéticamente, sin pensar en el mañana, ni en los sueños frustrados. No pueden pensar, porque claro, si pensaran, su libido se iría automáticamente de vacaciones, hasta nuevo aviso. No pueden pensar porque ella,  Norma, es casada y está engañando a su marido que viajó por negocios. Él no puede pensar porque es demasiado joven para eso. Joaquín, además, es alumno de Norma, por lo tanto pensar, sería equivocado, se lo mire por donde se lo mire.
Lo que Norma no sabe, y mejor que no sepa, es que su marido está mucho más cerca de lo que ella cree, y en realidad, ese viaje de negocios, era una gira por la ciudad, la misma ciudad en la que llueve, en la que una escritora muere dentro de una mujer…para volver a ser adolescente, como si un instinto le dijera que eso es lo que necesita su esposa. Pedro, el marido de Norma, se reencontró con amigos del secundario gracias a Facebook, y ahora, mientras su esposa grita de placer en brazos de un alumno de 17 años, está bajo los efectos de una planta alucinógena, bailando al ritmo de la música electrónica en un sótano de Buenos Aires. No está gimiendo de placer, pero no le falta mucho.

Todo pasa tan cerca…y sin embargo, Cristina no puede encontrar la inspiración…cree que el mundo ha dejado de girar mientras ella perseguía quimeras adolescentes…No puede soltar su cabeza, pero ahora no sólo la sostiene, sino que la presiona con las palmas de sus manos.
Las horas pasan rápido, los cigarrillos se agolpan en un cenicero que nunca se vacía. Cristina se ve frente a su máquina de escribir y el papel blanco, virgen, que tanto miedo le da. No salieron de sus dedos las palabras, porque sus dedos no se movieron de su cabeza en toda la noche. Y la noche se terminó. Otra noche más. La botella de Whisky justifica el dolor de cabeza, está bien que la sostenga entre sus manos. Pero no, se dice…no voy a pasar otra noche más así. Ni un día más, ni un minuto más. Coloca sus manos en la máquina, por fin va a empezar a escribir…pero sus manos no le responden y toman con fuerza la máquina por la base, se hunden los dedos en el frente hueco, sienten las teclas, las manos intentan agarrarla con más fuerza porque el peso hace que sus muñecas se venzan y la máquina se estrelle contra el suelo, despidiendo rollos de cinta y provocando un estruendo.

En el piso de abajo, Joaquín sobresaltado, pregunta a Norma si escuchó ese ruido, justo cuando las chapas del aire acondicionado traen el ruido mucho más cerca, y un grito, que baja…un grito que queda en el aire por un segundo, y se pierde…

Sirenas, policías, gritos, corridas. En la calle, un hombre con la cabeza destrozada por una máquina de escribir justo, estuvo a unos segundos de abrir la puerta de su casa y dormir con su mujer, porque la extrañaba. Le diría que el viaje había tenido algunas complicaciones y que alguna reunión había sido suspendida. Sólo quería acostarse junto a ella, y sentir el calor de su respiración en su cuello, como lo sintió los últimos veinte años. Junto a él, muere una escritora con todas sus historias dentro de ella, que jamás dejó salir. Se llamaba Cristina.

0 A veces de cal, otras de arena.

Me pregunto si el tiempo será acaso esa sucesión de horas, minutos y segundos en la que se estructura la vida? Supongo que no, la vida a veces puede ser bastante desestructurada y contra todo pronóstico, los días pueden pasar rápidos, tanto que ni se los ve, parados como estamos en la vida y allá los minutos corren libres y hacen lo que quieren con nosotros. Son como niños, juegan siempre. Son como mariposas, no se puede atraparlos.  Y luego vienen los largos días en los que el mundo parece estar hecho de palillos de madera o de tizas y cada movimiento será, con seguridad, la pesada certeza de tener que volver a empezar, a reconstruir, a caminar lo ya caminado. Esos días corpóreos en los que hay que arrastrar el cuerpo o el tiempo, pero arrastrar.
Será entonces, el espacio que hay en los relojes? La distancia que recorren las agujas, incansables, siempre haciendo el mismo camino?
Pues no. Era la respuesta que más me cerraba, que el tiempo estuviera encapsulado en todos los relojes del mundo, girando en el mismo sentido, todos juntos al unísono. Al romperlos, se destruiría el tiempo, entonces?
Él dice que el tiempo es una de las cosas más raras de este mundo. Y yo pienso que en este mundo, todo es raro, según cómo se lo mire. Él habla rápido, como piensa, hay que dejarlo hablar un poco para saber por dónde está pensando, para mirar hacia arriba, mientras se lo escucha, y uno se ubica en un lugar en el que sus pensamientos (los de él) son como personas y mientras los cuenta, mientras me explica lo que piensa, yo voy imaginando que esa persona que es el pensamiento, recorre un camino. Pero qué te voy a contar a vos, si ya lo conocés.
Decimos entonces que el tiempo es relativo porque si tomamos a dos personas en un mismo lugar, viviendo una misma situación y ahí las dejamos durante dos horas, cada ellas tendrá una percepción diferente del tiempo que está viviendo. El que está muy cómodo, las vivirá como si fueran quizás, escasos treinta minutos, veloces minutos que se escurrieron en sus dedos. El  otro se moverá incómodo en su silla, buscando que el tiempo lo atraviese, lo duerma quizás, ya que lo que lo hace retorcerse mientras está sentado no es tanto que su asiento sea de madera o no tenga el almohadón mullido que le gustaría. La dureza es del tiempo, inflexible.

Entonces…si no está en los relojes, si no es en lo que se mide la vida-que en todo caso se medirá en momentos alegres y suspiros-, si ni siquiera podemos decir que somos jóvenes o viejos según el paso del tiempo, si ya dudamos de si es tarde o es temprano, de si nuestros relojes  atrasan  o adelantan  con respecto a otros (¿a cuales?), y si el haberte conocido nos abrió una puerta en el medio del tiempo, una hendija por la que lo vulneramos y fuimos contra todas sus reglas, contra las reglas de todos los relojes y ahí estamos, acelerándolo en algunos aspectos, deteniéndolo en otros, desafiándolo a veces y cuestionándolo siempre…Hemos decretado que hoy, además de ser tu cumpleaños, será el día en el que nombremos al tiempo como una mentira absurda. En honor a esta sublime liberación, te entregamos un presente para que recuerdes que el tiempo siempre depende de la percepción y mirándolo así…cada tic tac tiene un sonido propio.

0 Relato e ró t i c o con jitanjáforas


Ya no te nombro, ni te llamo, pero en noches como esta…cuán imposible se me hace no pensar en tu satro recorriendo mis mareles; mis bulapas en tu coremo, tapiblemente. Qué difícil es, cuando la luz de luna baña mi cuerpo carnicable, no recordar aquellas noches fomibles, cuando corrocábamos sin preocuparnos por el tiempo. No puedo evitar entonces tulerme, comadirme fabidosamente, boruquienta, en gritos de placer que son dolor y pena por no tenerte ya, por no llamarte ni nombrarte. Pero aunque sean gritos, aunque duela, también es sagraña,  porque si bien es verdad que sólo está mi cuerpo conmigo, recuerdo el tuyo tan léctamente que puedo punjir cada centímetro de trumo telisimo, idealamante.
Y con un tijo de trubero lurote, deladean mis noches pogosas; los amaneceres me encuentran a veces bañada en mi propio migarro, envuelta en las sábanas, mezclando frío y calor, sueño y vigilia. Derativas noches travidosas, en las que ya no te llamo, ni te nombro.

0 Polisemia

Ejercicio para la facu, construir una historia con una serie de palabras con un significante distinto al que son utilizadas en el texto.



En una esquina cualquiera de esta gran ciudad desamorada, llovía el cielo y una mujer lloraba. Puede ser cualquiera, cualquier esquina anónima. En todas debe llover igual que acá, en Entre Ríos y Carlos Calvo. Paula estaba agotada, venía caminando desde Constitución.
“Entre ríos, llueve, y Carlos se quedó pelado. ¿Cómo no voy a llorar? Si al menos estuviera en México y Rodríguez Peña. No, esa esquina no existe. O bueno, en Libertad y cualquiera. Todas, con tal de estar en Libertad”, pensaba. Se rio. Tenía pensamientos absolutamente cursis cuando estaba triste, era cierto. Siempre le pasaba lo mismo. Quizá fuera un mecanismo, uno de esos extraños recursos de la mente y la autoestima para encontrar una razón y hacernos sentirnos aún peor.
Decidió volver a su casa, qué sentido tenía seguir llorando sola, esperando que él llegara, cuando hacía más de tres horas que debían estar juntos. Y ella sí estaba, después de todo, en libertad; podía hacer lo que quisiera. No tenía un marido al que ocultar, ni del que esconderse; no tenía hijos por preservar; ni una reputación intachable que mantener. El cielo pareció oscurecerse más al descubrir que la libertad significaba tantas carencias.
Abrió la puerta de su casa con las últimas fuerzas que le quedaban. Buscó desesperada en la repisa el único disco que podía calmarla en ese momento. Pero el equipo de música no andaba; afuera seguía lloviendo. Nimiedades, cosas que no le importan a nadie; el clima, la tecnología. Simples cosas que están ahí formando parte del decorado y que nunca cobran relevancia. Hasta que un día se vuelven imprescindibles y justo ese día, deciden fallarnos. El día de hoy es una red rota. Una red fallada que salva la vida del trapecista cuando cae de su manivela, pero que lo ahorca desgraciadamente y sin explicación.

-Necesito una copa de cualquier cosa.- dijo en voz alta.

Se sirvió vino tinto y se dejó caer en un sillón. Ni aun en su propia casa, dejaba de sentirse visitante. Una extraña, siempre. Incómoda en su propia vida.
“No puedo llamar a Defensa del consumidor en estos casos. -Hola, sí, ¿qué tal? Me enamoré del hombre equivocado. Otra vez, sí. Estoy plenamente disconforme, ¿con quién puedo hacer un reclamo?”, se dijo burlonamente mientras se miraba en el espejo, desencajada. Por un segundo no se reconoció. ¿Siempre habían estado ahí esas ojeras, tan profundamente negras, o habían nacido en el segundo anterior? “Cómo te gusta esquivar el bulto, eh. Siempre tenés una salida inteligente. Cuando estabas a punto de mirarte realmente en el espejo, de verte como sos, quizás por primera vez en años, salís con la boludez de las ojeras. Seguí así, que te va a ir bien” Sus soliloquios eran inversamente proporcionales al tamaño de su amor propio.
Con un marcador, se dibujó un lunar sobre el labio, cerca de la comisura. Cuando lo terminó, no supo porqué lo había hecho. Pero había tanto para preguntarse, que se felicito por haberlo hecho sin pensar, y arreglándose el pelo, se alejó del espejo. Los ojos le brillaban, húmedos.

Se sentó en el piso, aunque lo que realmente hubiera querido era gritar. Gritar muy fuerte. Hasta que se rompan los vidrios, hasta que se quejen los vecinos, hasta que venga la policía, hasta que la ciudad entera se pregunte dónde vive la persona qué puede sufrir tanto.

Dos años atrás, Jorge la había dejado casi a punto de casarse, sumida en una profunda depresión. En un pozo invisible, pero muy difícil de llenar. Al principio, hizo muchos talleres. Talleres de cualquier cosa. Como los grupos de autoayuda de “El club de la pelea”, para llenar vacíos existenciales con los problemas o las soluciones de otro. Aprendió a hacer flores en goma eva, bonsái, títeres, a remodelar ropa, a tocar el bongó. Pero nunca dejó de sentirse sola.
Hasta que decidió ponerse a estudiar la carrera que había postergado toda la vida: Filosofía, el Doctorado en Filosofía. Como también había perdido su trabajo, durante algunos meses, tuvo que repartir los volantes del Instituto Junín, famoso en la zona de la facultad. Y antes de terminar el primer cuatrimestre, cuando ya comenzaba a poder disfrutar de la nueva vida que estaba construyendo, por primera vez sola, apareció Fernando.
No eran más que dos estudiantes con las hormonas revolucionadas. Porque no importaba que ya hubieran pasado la tercera década, lo que importaba era el espíritu que se respiraba en el aire. Y el espíritu era joven, era primavera, era plaza y amor; marihuana y estrellas, hasta en noches nubladas.
El problema nunca es el durante. Siempre es el después. En el momento, ¿a quién le importaba tener más de 30, estar pasado en el cuarto de hora que ya iba a dar de nuevo las 12? Nunca es tarde para darle una oportunidad al amor, cuando llega. Porque cuando llega, siempre es oportuno, siempre bienvenido, uno se olvida de todo y se embarca sin dinero ni pasaporte, como polizón, en la cubierta de los sueños de no sabe quién, pero el amor lo puede todo y se siente tan real y tan posible, no hay forma de que salga mal y entonces uno sabe que está cometiendo una infracción, pero qué me importa! que venga a reclamármelo el destino, ese cabrón, a ver si tiene huevos, con todas las que me debe. Al menos eso creía ella hasta esta mañana.
Pero ¿cómo no enamorarse de Fernando? Fernando, tan inalcanzable. Tan prohibido y accesible a la vez; tan descuidado por esa esposa que estaba por perderlo, por esos hijos que lo desacreditaban todo el tiempo. Tan desaprovechado, Fernando, que no había forma de no quererlo. La revancha de aquel amor frustrado, el primero, el más doloroso. Aquella rotura de alma gratuita por el amor de su papá. “Papá que nunca me eligió por sobre otras mujeres. Papá, para el que siempre fui la única, lo cual lo tornaba inalcanzable para mí”. Un patrón de comportamiento, diría cualquier psicólogo. Pero ella sólo podía entender a los demás. Ella sólo podía comprender a Fernando y amarlo, con toda su alma. Darle su vida, que era todo lo que tenía, para que él pudiera ser feliz. Y Fernando sólo tenía que esperar un mes más para dejar a su mujer. Siempre un mes más.

Sonó el teléfono. Era su amiga Cecilia que le reclamó que no la llamara para salir, le pidió que no jodiera más con Fernando que nunca había sido un buen partido y sin más preámbulos, le preguntó si nunca se iba a cansar de ser la suplente. Su ex amiga, Cecilia. Cortó.
El arco de su ceja izquierda era un perfecto signo de pregunta junto al resto de su cara. ¿Estaba entendiendo bien? ¿Acababa de tener una conversación con una mujer de 35 años, o con una adolescente?

-¿Qué les pasa a las mujeres cuando se separan?-dijo resuelta y ajena de la situación– Nos pasan años, nos pasa un camión por encima, nos pasa de todo y a la vez nada, nos pasa factura la apertura del caparazón que teníamos cerrado por las dudas, nos pasa que tenemos ganas, muchas ganas de llorar. La primera vez dolió más, siempre. Frase de cabecera para las sufridas del amor. Siempre hubo otro que nos hizo sufrir más, pero de eso nos acordamos cuando ya se nos secaron las lágrimas por éste. Cuando por fin pudimos terminar de llorar, recordamos la separación anterior, y la convicción con la que creíamos que nunca jamás, dejaríamos de llorar.

¿Porque después de todo, por qué habríamos de dejar de llorar? ¿Qué razones había, hoy, para reír? Casi 35 años, sin hijos ni futuro padre de futuros hijos en vista. Abandonada por segunda vez por un hombre. Era periodista independiente, pero no había escrito una nota en años. Ni siquiera un titular. Que es casi lo mismo que ser bailarín en silla de ruedas, o estar con un cepo en la garganta cuando uno se gana la vida cantando.
Se podría decir que su vida y ella estaban en un empate técnico. La vida había dejado de dar, ella había dejado de esperar.

***


De todas las posibles formas de suicidio, el tiro en la cabeza no era una opción. Sentía miedo de sólo pensarlo. Sabía que no tenía el valor de hacerlo. Mejor, tirarse abajo de un tren. Esperaría sentada en la estación que sonara en el viento el silbato que le indicara la distancia de su verdugo. Entonces se pararía, con las rodillas rígidas de pánico, e iría calculando lentamente, cada paso al ritmo del viento.

***

Esa no había sido una buena mañana, definitivamente y desde el principio. La ofensiva de María por el misterioso llamado de la noche anterior, era algo que Fernando no esperaba. ¿Desde cuándo le importaba lo que él hacía o con quién? Hacía tantos años que su matrimonio se había terminado, que había olvidado lo que era escuchar de su boca un planteo. Un planteo o casi cualquier otra cosa; el diálogo entre ellos era mínimo. Como si una valla, un muro, un vidrio blindado los hubiera dividido años atrás, cada día tenían menos cosas en común. El punto de unión eran, claro, los hijos. Pero el descenso en el nivel de pasión, de respeto, de compañerismo; todo eso era innegable y lamentable, pero ya no tenía solución.
Cuando se levantó, María ya se había ido. Pese a la discusión que habían tenido, le pareció raro que hubiera salido tan temprano. Ella acostumbraba prepararle el desayuno aunque no se dirigieran la palabra durante meses, pero aquella mañana la cocina permanecía vacía y los únicos sonidos que la inundaban eran los del pequeño televisor que ella había dejado encendido. “Resumen mundial de noticias”, anunció el conductor de las noticias. Fernando pensó en qué poco le servían las noticias de otros países del mundo, cuando ni en la limitada geografía local podría encontrar a su mujer. Su mujer, qué ironía decirlo así, ahora. Ahora, que él se iba con su amante, sin que ella lo supiera. Y no es que se sintiera bien huyendo como un cobarde, dejando todo sin mirar atrás, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Su matrimonio con María estaba terminado, pero ella no quería divorciarse, pese a que vivir juntos se parecía cada vez más a pasar los días en un convento de clausura: votos de silencio, votos de castidad. Sólo la economía era tema de conversación y se hablaba sin reserva, aunque estuvieran los chicos, aunque hubiera invitados. Siempre era un buen momento para disentir por la plata, que a María nunca le alcanzaba aunque él trabajara 14 y hasta 16 horas por día para darles todo, a ella y a sus hijos. ¿Pero cuánto tiempo más podría seguir así, haciendo equilibrio en la punta de un barco que se terminaría hundiendo, indefectiblemente? Ya no más.
Ya era la hora, debía encontrarse con Paula. Otra vida estaba por comenzar.
Se dirigió a la estación con paso decidido, quería subirse al tren y encontrarse pronto con ella, lo más pronto posible. Al aproximarse vio un patrullero, una ambulancia. De un poste de luz colgaba una cinta que cerraba el área de entrada al andén. Se acercó a un policía para preguntar qué pasaba.

-         Y, lo de siempre. Una señora se acaba de tirar bajo la formación. Justo venía a dejar sus cosas, que las dejó en el andén. Una carta, cartera, zapatos. Yo no sé por qué la gente quiere morirse descalza. Pobre, mina joven. En la carta dice que el marido la hacía cornuda y no se lo puso bancar.

Fernando sintió que sus piernas perdían fuerza, creyó que se desvanecía. Reconoció los zapatos y la cartera en las manos del policía. Estalló en llanto.

-         ¿Qué pasa, hombre? Vamos, no te pongas así. Si yo llorara cada vez que tengo ganas, sabés qué. Me tengo que dedicar a otra cosa.

Fernando dudó. ¿Debía mentir? Lo iban a ir a buscar a su casa. No podía pensar. Todo daba vueltas a su alrededor. ¿Cómo, por qué? ¿Cómo decirles, cómo explicarlo? ¿Cómo? “Por Dios, ¿cómo pudo pasar esto?”, se preguntó. Sentándose en el asiento delantero del móvil, miró al oficial y le dijo:

-         Esa mujer es mi esposa.

El oficial lo miró, comprendiendo en parte su estado, pero le dijo:

-         Esta carta te hace responsable a vos. Nos vas a tener que acompañar al penal. Si se comprueba la infidelidad estás jodido, eh.

Fernando ya no recordaba a Paula. No la volvería a ver.

-         Si, lo sé. Vamos. ¿Puedo llamar a mis hijos?

Iba en el patrullero, mirando sin ver a través del vidrio sucio de la ventana. Esposado, por las dudas, aunque no pensaba escapar. El centro es un caos todos los días, pero aquella mañana, no le interesaba. Qué importaban la calle y la ciudad, si en ese momento, dentro de si radicaba el mayor de los caos posibles. Si al final, no tenía más que un montón de lindos recuerdos, pero que de tan lejanos, parecían ajenos.

***

0 Una de animales: Pez


Si me hubiera preguntado qué regalo quería ese año, nunca se me hubiese ocurrido un pescado. Primero porque ya es triste llamarlo pescado. Es un pez en pasado, metido en una pecera, sin más objetivo en la vida que flotar y comer. Necesidades básicas. Muerto en vida, pobre pescado. Más que un regalo, mi hermana me había traído un problema envuelto en agua.
No quería tenerlo, no quería que fuera mío, me molestaba que su libertad dependiera ahora de mí. Empecé por bautizarlo “Pez”, al menos para darle una esperanza. “No todo está perdido, Pez”, le decía de pasada por la pecera, esperando reacciones insólitas de su parte, que nunca llegaban.
Los días se sucedían, uno tras otro,  y yo seguía sin querer a Pez en mi comedor, pero ¿qué hacer? ¿Devolverlo al acuario para que se lo vendan a otra persona? ¿Tirarlo por las cañerías que desde mi baño desembocaban en quién sabe qué destino? ¿Viajar al mar y dejarlo para que alimente a un pez más grande? Nada me parecía justo. Tenerlo, tampoco.
Solía sentarme en un sillón, sin más luz que los destellos azules de la pecera y mientras pensaba que no podría nunca acariciarlo, y que jamás iba a ver sus aletas moverse de felicidad, un día me encontró un pensamiento que me llenó de tristeza: Es imposible llorar bajo el agua.
Puede que no le interesara mover sus aletas, porque no era, de hecho, feliz;  y podía no importarle que lo acariciase, porque sabía que yo no lo quería, pero ¿llorar? Seguro alguna vez, Pez había querido llorar.
Sin dejar de rechazarlo, ni de reprocharle a mi hermana su pésimo gusto para hacer regalos, todos los días cambiaba la pecera de lugar, le agregaba accesorios y hasta un día, llegué a escribirle una especie de poema:

Es un placer verte dormir, parece que siguieras despierto.
Me da esperanza verte dormir y pensar
que todo es un sueño,
que aún con los ojos abiertos, puedo soñar,
es un placer, querido Pez.

Una tarde, volviendo del trabajo, pasé por el acuario y habiéndolo decidido sin darme cuenta, salí con una bolsita llena de agua. Adentro, una compañera para Pez. Mi sonrisa era más grande que el paquete que llevaba en las manos, como si hubiera vuelto a ser niña y esta vez sí, eligiese mi regalo.
Entré al departamento corriendo, y dejando la puerta abierta, fui a presentarle a Pez a su nueva amiga. Quizá, en mi corazón, siguiera esperando aquellas reacciones imposibles, puede que pensara que ahora sí, Pez iba a ser realmente feliz. No lo sabía entonces, y no lo sé ahora. Lo que sé, es que no esperaba encontrar a Pez  flotando boca arriba en su pecera, sin vida. Recuerdo haber desandado el camino que me separaba del acuario para devolver aquel regalo que me había hecho, y que ya no tenía sentido. Recuerdo haber mirado, quién sabe por cuánto tiempo, la vidriera llena de agua mientras pensaba que si estuviera con ellos ahí dentro, mis lágrimas de entonces, hubieran resultado imposibles.