¿Por qué margen de error?

Lo que importa no es tanto el error, sino el margen. O 50-50. Pero sin esa pequeña brecha, sin que nos falte un poco, no habría posibilidad de mejorar. Hay errores congénitos, que nos acompañarán toda la vida, como una "fallita" en un ojo. Pero eso no quiere decir que no veamos bien. Al contrario, nos obliga a esforzarnos por ver mejor.
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0 Más allá del papel

sábado, 9 de abril de 2011
La historieta terminó siendo una prenda de vestir, en cuya cartera están algunos de mis secretos.

0 Pegate un viaje con Nah! - 2do Año (materia Dupla 1)

jueves, 7 de abril de 2011
Redacción para acción web y vía pública de la revista NAH! festejando sus 9 años. Creamos un grupo en Facebook, "Pegate un viaje con nah!" que te contaba más o menos esto:

No aguantamos a los 15! Estamos re manija!

No podemos esperar a los 15 para irnos de viaje, así que festejamos los 9. ¿Te acordás de la fiesta menemista, cuando cumplías 15 añitos y tus papis te pagaban el viaje a Disney, conocías a Mickey, a Pluto y a todos sus amiguitos?  La revista NAH nació en diciembre del 2001, en el medio de una batalla campal, un helicóptero huyendo por la terraza y los saqueos de los supermercados. Se terminó la fiesta para unos pocos, nos dijeron en ese entonces. Así, pasaron los años y la revista transitó su infancia con ese karma…qué va a pasar cuando cumpla los 15? ¿Mis papis me van a poder llevar a Disney? Hoy, 9 años después, nos damos cuenta de que somos impacientes, de que tenemos la ansiedad del viaje corriéndonos por la sangre y que no podemos aguantar más. No llegamos ni a los 10. Mejor, festejar ahora, vivir el hoy. Además, según los Mayas, en el 2012 se va todo al carajo. ¿Para qué arriesgarnos? Re manija, a los 9, tiramos la casa por la ventana.
 “NAH está re manija de festejar, no podemos esperar más. Te invitamos a festejar nuestros 9 años a vos y 9 amigos tuyos a un lugar que no vas a poder creer. Tiramos la casa por la ventanilla del bondi!”

Invitación: la invitación viene en la revista. Cada persona que compre la revista puede llevar como máximo a 9 personas con él. Sean agradecidos, ¿o se piensan que sus padres hubieran pagado por tantos amigos?

El parque Para festejar decidimos revivir como el ave fénix a un viejo parque de diversiones de la Ciudad de Buenos Aires. Algunos lo conocen como Interama, otros como El Parque de la Ciudad y otros, simplemente como “ese lugar que tiene una torre que se ve desde todos lados, boludoooooo y es re loco porque vos la ves de costado, y nunca doblás y de repente, wooow, la tenés enfrente. Un flash”.   Porque somos aventureros. Porque nos gusta vivir el hoy y no desperdiciar ni un minuto. Y porque somos los que miramos las fotos en Facebook de los contactos que se la pasan viajando y pensamos… ¿Y este qué hace, vende frula? ¿Cómo puede ser que yo me pasé el año entero laburando y a duras penas llego a irme a Mar Chiquita? Y siempre quisimos hacernos un viaje exótico, pero lo más exótico que puede pagar nuestro sueldo es tomarnos un tren y bajarnos en el medio de la noche en Constitución o Berazategui, vestidos de fiesta como si estuviéramos en ese crucero que tanto anhelamos hacer. Los resultados son de dudosa seguridad para nuestra integridad personal. Así que decidimos ahorrar e invertir en una fiesta para todos, para darle un nuevo significado a los viajes que hacemos todos los días y quizás, no valoramos, pero son tan importantes como el más grosso de todos los cruceros. Los invitamos a cortar la torta mágica con nosotros y a prender un par de velas, que después las soplamos juntos.

¿Cómo consigo las entradas?

¿Viste Charlie y la fábrica de Chocolate? Seguro la viste re loco y no te acordás de nada! Bueno, la cosa es así: cuando vayas al kiosco de diarios y le pidas al canillita la próxima Nah, te va a venir con una entrada divina. Ahí están todos los datos. Guardala bien, y si no tenés con qué armar, evitá fumartelá.

Contanos un viaje re manija y festejá con nosotros!

Para viajar no hacen falta vacaciones. Se puede viajar solo o con amigos. De día y de noche. Con o sin ayuda. ¿Crees que ya probaste todos los viajes posibles? ¿Un día de mierda, termina con un buen viaje? Contanos tu viaje más manija y podés ganarte entradas a la superfiesta NAH!

0 Im a fountain of blood in the shape of a girl

domingo, 3 de abril de 2011
Collage inspirado en Gina Pane


0 Relato e ró t i c o con jitanjáforas


Ya no te nombro, ni te llamo, pero en noches como esta…cuán imposible se me hace no pensar en tu satro recorriendo mis mareles; mis bulapas en tu coremo, tapiblemente. Qué difícil es, cuando la luz de luna baña mi cuerpo carnicable, no recordar aquellas noches fomibles, cuando corrocábamos sin preocuparnos por el tiempo. No puedo evitar entonces tulerme, comadirme fabidosamente, boruquienta, en gritos de placer que son dolor y pena por no tenerte ya, por no llamarte ni nombrarte. Pero aunque sean gritos, aunque duela, también es sagraña,  porque si bien es verdad que sólo está mi cuerpo conmigo, recuerdo el tuyo tan léctamente que puedo punjir cada centímetro de trumo telisimo, idealamante.
Y con un tijo de trubero lurote, deladean mis noches pogosas; los amaneceres me encuentran a veces bañada en mi propio migarro, envuelta en las sábanas, mezclando frío y calor, sueño y vigilia. Derativas noches travidosas, en las que ya no te llamo, ni te nombro.

0 Polisemia

Ejercicio para la facu, construir una historia con una serie de palabras con un significante distinto al que son utilizadas en el texto.



En una esquina cualquiera de esta gran ciudad desamorada, llovía el cielo y una mujer lloraba. Puede ser cualquiera, cualquier esquina anónima. En todas debe llover igual que acá, en Entre Ríos y Carlos Calvo. Paula estaba agotada, venía caminando desde Constitución.
“Entre ríos, llueve, y Carlos se quedó pelado. ¿Cómo no voy a llorar? Si al menos estuviera en México y Rodríguez Peña. No, esa esquina no existe. O bueno, en Libertad y cualquiera. Todas, con tal de estar en Libertad”, pensaba. Se rio. Tenía pensamientos absolutamente cursis cuando estaba triste, era cierto. Siempre le pasaba lo mismo. Quizá fuera un mecanismo, uno de esos extraños recursos de la mente y la autoestima para encontrar una razón y hacernos sentirnos aún peor.
Decidió volver a su casa, qué sentido tenía seguir llorando sola, esperando que él llegara, cuando hacía más de tres horas que debían estar juntos. Y ella sí estaba, después de todo, en libertad; podía hacer lo que quisiera. No tenía un marido al que ocultar, ni del que esconderse; no tenía hijos por preservar; ni una reputación intachable que mantener. El cielo pareció oscurecerse más al descubrir que la libertad significaba tantas carencias.
Abrió la puerta de su casa con las últimas fuerzas que le quedaban. Buscó desesperada en la repisa el único disco que podía calmarla en ese momento. Pero el equipo de música no andaba; afuera seguía lloviendo. Nimiedades, cosas que no le importan a nadie; el clima, la tecnología. Simples cosas que están ahí formando parte del decorado y que nunca cobran relevancia. Hasta que un día se vuelven imprescindibles y justo ese día, deciden fallarnos. El día de hoy es una red rota. Una red fallada que salva la vida del trapecista cuando cae de su manivela, pero que lo ahorca desgraciadamente y sin explicación.

-Necesito una copa de cualquier cosa.- dijo en voz alta.

Se sirvió vino tinto y se dejó caer en un sillón. Ni aun en su propia casa, dejaba de sentirse visitante. Una extraña, siempre. Incómoda en su propia vida.
“No puedo llamar a Defensa del consumidor en estos casos. -Hola, sí, ¿qué tal? Me enamoré del hombre equivocado. Otra vez, sí. Estoy plenamente disconforme, ¿con quién puedo hacer un reclamo?”, se dijo burlonamente mientras se miraba en el espejo, desencajada. Por un segundo no se reconoció. ¿Siempre habían estado ahí esas ojeras, tan profundamente negras, o habían nacido en el segundo anterior? “Cómo te gusta esquivar el bulto, eh. Siempre tenés una salida inteligente. Cuando estabas a punto de mirarte realmente en el espejo, de verte como sos, quizás por primera vez en años, salís con la boludez de las ojeras. Seguí así, que te va a ir bien” Sus soliloquios eran inversamente proporcionales al tamaño de su amor propio.
Con un marcador, se dibujó un lunar sobre el labio, cerca de la comisura. Cuando lo terminó, no supo porqué lo había hecho. Pero había tanto para preguntarse, que se felicito por haberlo hecho sin pensar, y arreglándose el pelo, se alejó del espejo. Los ojos le brillaban, húmedos.

Se sentó en el piso, aunque lo que realmente hubiera querido era gritar. Gritar muy fuerte. Hasta que se rompan los vidrios, hasta que se quejen los vecinos, hasta que venga la policía, hasta que la ciudad entera se pregunte dónde vive la persona qué puede sufrir tanto.

Dos años atrás, Jorge la había dejado casi a punto de casarse, sumida en una profunda depresión. En un pozo invisible, pero muy difícil de llenar. Al principio, hizo muchos talleres. Talleres de cualquier cosa. Como los grupos de autoayuda de “El club de la pelea”, para llenar vacíos existenciales con los problemas o las soluciones de otro. Aprendió a hacer flores en goma eva, bonsái, títeres, a remodelar ropa, a tocar el bongó. Pero nunca dejó de sentirse sola.
Hasta que decidió ponerse a estudiar la carrera que había postergado toda la vida: Filosofía, el Doctorado en Filosofía. Como también había perdido su trabajo, durante algunos meses, tuvo que repartir los volantes del Instituto Junín, famoso en la zona de la facultad. Y antes de terminar el primer cuatrimestre, cuando ya comenzaba a poder disfrutar de la nueva vida que estaba construyendo, por primera vez sola, apareció Fernando.
No eran más que dos estudiantes con las hormonas revolucionadas. Porque no importaba que ya hubieran pasado la tercera década, lo que importaba era el espíritu que se respiraba en el aire. Y el espíritu era joven, era primavera, era plaza y amor; marihuana y estrellas, hasta en noches nubladas.
El problema nunca es el durante. Siempre es el después. En el momento, ¿a quién le importaba tener más de 30, estar pasado en el cuarto de hora que ya iba a dar de nuevo las 12? Nunca es tarde para darle una oportunidad al amor, cuando llega. Porque cuando llega, siempre es oportuno, siempre bienvenido, uno se olvida de todo y se embarca sin dinero ni pasaporte, como polizón, en la cubierta de los sueños de no sabe quién, pero el amor lo puede todo y se siente tan real y tan posible, no hay forma de que salga mal y entonces uno sabe que está cometiendo una infracción, pero qué me importa! que venga a reclamármelo el destino, ese cabrón, a ver si tiene huevos, con todas las que me debe. Al menos eso creía ella hasta esta mañana.
Pero ¿cómo no enamorarse de Fernando? Fernando, tan inalcanzable. Tan prohibido y accesible a la vez; tan descuidado por esa esposa que estaba por perderlo, por esos hijos que lo desacreditaban todo el tiempo. Tan desaprovechado, Fernando, que no había forma de no quererlo. La revancha de aquel amor frustrado, el primero, el más doloroso. Aquella rotura de alma gratuita por el amor de su papá. “Papá que nunca me eligió por sobre otras mujeres. Papá, para el que siempre fui la única, lo cual lo tornaba inalcanzable para mí”. Un patrón de comportamiento, diría cualquier psicólogo. Pero ella sólo podía entender a los demás. Ella sólo podía comprender a Fernando y amarlo, con toda su alma. Darle su vida, que era todo lo que tenía, para que él pudiera ser feliz. Y Fernando sólo tenía que esperar un mes más para dejar a su mujer. Siempre un mes más.

Sonó el teléfono. Era su amiga Cecilia que le reclamó que no la llamara para salir, le pidió que no jodiera más con Fernando que nunca había sido un buen partido y sin más preámbulos, le preguntó si nunca se iba a cansar de ser la suplente. Su ex amiga, Cecilia. Cortó.
El arco de su ceja izquierda era un perfecto signo de pregunta junto al resto de su cara. ¿Estaba entendiendo bien? ¿Acababa de tener una conversación con una mujer de 35 años, o con una adolescente?

-¿Qué les pasa a las mujeres cuando se separan?-dijo resuelta y ajena de la situación– Nos pasan años, nos pasa un camión por encima, nos pasa de todo y a la vez nada, nos pasa factura la apertura del caparazón que teníamos cerrado por las dudas, nos pasa que tenemos ganas, muchas ganas de llorar. La primera vez dolió más, siempre. Frase de cabecera para las sufridas del amor. Siempre hubo otro que nos hizo sufrir más, pero de eso nos acordamos cuando ya se nos secaron las lágrimas por éste. Cuando por fin pudimos terminar de llorar, recordamos la separación anterior, y la convicción con la que creíamos que nunca jamás, dejaríamos de llorar.

¿Porque después de todo, por qué habríamos de dejar de llorar? ¿Qué razones había, hoy, para reír? Casi 35 años, sin hijos ni futuro padre de futuros hijos en vista. Abandonada por segunda vez por un hombre. Era periodista independiente, pero no había escrito una nota en años. Ni siquiera un titular. Que es casi lo mismo que ser bailarín en silla de ruedas, o estar con un cepo en la garganta cuando uno se gana la vida cantando.
Se podría decir que su vida y ella estaban en un empate técnico. La vida había dejado de dar, ella había dejado de esperar.

***


De todas las posibles formas de suicidio, el tiro en la cabeza no era una opción. Sentía miedo de sólo pensarlo. Sabía que no tenía el valor de hacerlo. Mejor, tirarse abajo de un tren. Esperaría sentada en la estación que sonara en el viento el silbato que le indicara la distancia de su verdugo. Entonces se pararía, con las rodillas rígidas de pánico, e iría calculando lentamente, cada paso al ritmo del viento.

***

Esa no había sido una buena mañana, definitivamente y desde el principio. La ofensiva de María por el misterioso llamado de la noche anterior, era algo que Fernando no esperaba. ¿Desde cuándo le importaba lo que él hacía o con quién? Hacía tantos años que su matrimonio se había terminado, que había olvidado lo que era escuchar de su boca un planteo. Un planteo o casi cualquier otra cosa; el diálogo entre ellos era mínimo. Como si una valla, un muro, un vidrio blindado los hubiera dividido años atrás, cada día tenían menos cosas en común. El punto de unión eran, claro, los hijos. Pero el descenso en el nivel de pasión, de respeto, de compañerismo; todo eso era innegable y lamentable, pero ya no tenía solución.
Cuando se levantó, María ya se había ido. Pese a la discusión que habían tenido, le pareció raro que hubiera salido tan temprano. Ella acostumbraba prepararle el desayuno aunque no se dirigieran la palabra durante meses, pero aquella mañana la cocina permanecía vacía y los únicos sonidos que la inundaban eran los del pequeño televisor que ella había dejado encendido. “Resumen mundial de noticias”, anunció el conductor de las noticias. Fernando pensó en qué poco le servían las noticias de otros países del mundo, cuando ni en la limitada geografía local podría encontrar a su mujer. Su mujer, qué ironía decirlo así, ahora. Ahora, que él se iba con su amante, sin que ella lo supiera. Y no es que se sintiera bien huyendo como un cobarde, dejando todo sin mirar atrás, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Su matrimonio con María estaba terminado, pero ella no quería divorciarse, pese a que vivir juntos se parecía cada vez más a pasar los días en un convento de clausura: votos de silencio, votos de castidad. Sólo la economía era tema de conversación y se hablaba sin reserva, aunque estuvieran los chicos, aunque hubiera invitados. Siempre era un buen momento para disentir por la plata, que a María nunca le alcanzaba aunque él trabajara 14 y hasta 16 horas por día para darles todo, a ella y a sus hijos. ¿Pero cuánto tiempo más podría seguir así, haciendo equilibrio en la punta de un barco que se terminaría hundiendo, indefectiblemente? Ya no más.
Ya era la hora, debía encontrarse con Paula. Otra vida estaba por comenzar.
Se dirigió a la estación con paso decidido, quería subirse al tren y encontrarse pronto con ella, lo más pronto posible. Al aproximarse vio un patrullero, una ambulancia. De un poste de luz colgaba una cinta que cerraba el área de entrada al andén. Se acercó a un policía para preguntar qué pasaba.

-         Y, lo de siempre. Una señora se acaba de tirar bajo la formación. Justo venía a dejar sus cosas, que las dejó en el andén. Una carta, cartera, zapatos. Yo no sé por qué la gente quiere morirse descalza. Pobre, mina joven. En la carta dice que el marido la hacía cornuda y no se lo puso bancar.

Fernando sintió que sus piernas perdían fuerza, creyó que se desvanecía. Reconoció los zapatos y la cartera en las manos del policía. Estalló en llanto.

-         ¿Qué pasa, hombre? Vamos, no te pongas así. Si yo llorara cada vez que tengo ganas, sabés qué. Me tengo que dedicar a otra cosa.

Fernando dudó. ¿Debía mentir? Lo iban a ir a buscar a su casa. No podía pensar. Todo daba vueltas a su alrededor. ¿Cómo, por qué? ¿Cómo decirles, cómo explicarlo? ¿Cómo? “Por Dios, ¿cómo pudo pasar esto?”, se preguntó. Sentándose en el asiento delantero del móvil, miró al oficial y le dijo:

-         Esa mujer es mi esposa.

El oficial lo miró, comprendiendo en parte su estado, pero le dijo:

-         Esta carta te hace responsable a vos. Nos vas a tener que acompañar al penal. Si se comprueba la infidelidad estás jodido, eh.

Fernando ya no recordaba a Paula. No la volvería a ver.

-         Si, lo sé. Vamos. ¿Puedo llamar a mis hijos?

Iba en el patrullero, mirando sin ver a través del vidrio sucio de la ventana. Esposado, por las dudas, aunque no pensaba escapar. El centro es un caos todos los días, pero aquella mañana, no le interesaba. Qué importaban la calle y la ciudad, si en ese momento, dentro de si radicaba el mayor de los caos posibles. Si al final, no tenía más que un montón de lindos recuerdos, pero que de tan lejanos, parecían ajenos.

***

0 Una de animales: Pez


Si me hubiera preguntado qué regalo quería ese año, nunca se me hubiese ocurrido un pescado. Primero porque ya es triste llamarlo pescado. Es un pez en pasado, metido en una pecera, sin más objetivo en la vida que flotar y comer. Necesidades básicas. Muerto en vida, pobre pescado. Más que un regalo, mi hermana me había traído un problema envuelto en agua.
No quería tenerlo, no quería que fuera mío, me molestaba que su libertad dependiera ahora de mí. Empecé por bautizarlo “Pez”, al menos para darle una esperanza. “No todo está perdido, Pez”, le decía de pasada por la pecera, esperando reacciones insólitas de su parte, que nunca llegaban.
Los días se sucedían, uno tras otro,  y yo seguía sin querer a Pez en mi comedor, pero ¿qué hacer? ¿Devolverlo al acuario para que se lo vendan a otra persona? ¿Tirarlo por las cañerías que desde mi baño desembocaban en quién sabe qué destino? ¿Viajar al mar y dejarlo para que alimente a un pez más grande? Nada me parecía justo. Tenerlo, tampoco.
Solía sentarme en un sillón, sin más luz que los destellos azules de la pecera y mientras pensaba que no podría nunca acariciarlo, y que jamás iba a ver sus aletas moverse de felicidad, un día me encontró un pensamiento que me llenó de tristeza: Es imposible llorar bajo el agua.
Puede que no le interesara mover sus aletas, porque no era, de hecho, feliz;  y podía no importarle que lo acariciase, porque sabía que yo no lo quería, pero ¿llorar? Seguro alguna vez, Pez había querido llorar.
Sin dejar de rechazarlo, ni de reprocharle a mi hermana su pésimo gusto para hacer regalos, todos los días cambiaba la pecera de lugar, le agregaba accesorios y hasta un día, llegué a escribirle una especie de poema:

Es un placer verte dormir, parece que siguieras despierto.
Me da esperanza verte dormir y pensar
que todo es un sueño,
que aún con los ojos abiertos, puedo soñar,
es un placer, querido Pez.

Una tarde, volviendo del trabajo, pasé por el acuario y habiéndolo decidido sin darme cuenta, salí con una bolsita llena de agua. Adentro, una compañera para Pez. Mi sonrisa era más grande que el paquete que llevaba en las manos, como si hubiera vuelto a ser niña y esta vez sí, eligiese mi regalo.
Entré al departamento corriendo, y dejando la puerta abierta, fui a presentarle a Pez a su nueva amiga. Quizá, en mi corazón, siguiera esperando aquellas reacciones imposibles, puede que pensara que ahora sí, Pez iba a ser realmente feliz. No lo sabía entonces, y no lo sé ahora. Lo que sé, es que no esperaba encontrar a Pez  flotando boca arriba en su pecera, sin vida. Recuerdo haber desandado el camino que me separaba del acuario para devolver aquel regalo que me había hecho, y que ya no tenía sentido. Recuerdo haber mirado, quién sabe por cuánto tiempo, la vidriera llena de agua mientras pensaba que si estuviera con ellos ahí dentro, mis lágrimas de entonces, hubieran resultado imposibles.

0 Ensayo


Cuando el sentido se mide en caracteres.
Ensayo sobre algunos paradigmáticos ejemplos actuales, que generan más dudas que conclusiones.
“¿Será necesario admitir que, a partir de ahora, cada forma de la positividad tiene la “filosofía” que le conviene: la economía, la de un trabajo marcado por el signo de la necesidad, pero prometido finalmente a la gran recompensa del tiempo; la biología, la de una vida marcada por esa continuidad que sólo forma los seres para desatarlos y que se encuentra liberada por el mismo de todos los límites de la Historia; y las ciencias del lenguaje, una filosofía de las culturas, de su relatividad y de su poder singular de manifestación?”
Michel Foucault – Las palabras y las cosas.
Luego de leer los apuntes sobre los que podría preparar el final, concluí que ninguno se merecía más que los demás que lo eligiera, que todos tenían cosas en común para poder unirlos en algún lugar del pensamiento. Y recordé que en alguna página de “Las palabras y las cosas”, había leído esta frase con la que comienzo este intento de ensayo. Sé que el tema es largo, sé que ameritaría una investigación más profunda y que si dispusiera del tiempo necesario, podría dar un resultado mucho más capitalizado, pero también sé que los apuntes me dispararon temas que están presentes en mi cabeza hace rato, dudas y pensamientos que piden la reflexión. También sé que el tiempo es tirano y que en estos momentos, el contenido se mide en caracteres tipeados rápidamente desde alguna computadora en este mundo globalizado. Así que allá voy, a tratar de darle sentido y forma a unos vagos pensamientos.
Parece que el futuro llegó, que ya está entre nosotros. Y nosotros, dentro de él, tomamos diversas posturas. Están los que eligen aprovecharlo, con todas sus opulencias y ventajas vociferadas por todos los medios, nuevos y viejos. Están los que no entienden y se alejan en una nostalgia arrabalera que extraña el radioteatro. Y estamos aquellos que no podemos evitar tratar de explicarnos a nosotros mismos lo que pasa en nuestra realidad. Nuestra realidad, que cada día parece ser menos realidad y más virtualidad. O al menos, eso parece ser el objetivo. Llegado este punto, ya tengo varias preguntas: Si nuestra vida, hoy es más virtual que real… ¿Cuánto sentido habremos perdido en el paso de lo analógico a lo digital? El objetivo, ¿de quién?
En la nota de ADN Cultura, Jorge La Ferla habla de la llamada “muerte del cine”, asociada a la desaparición de los soportes  que el cine, tal como lo conocemos actualmente, utiliza desde su nacimiento. Si bien, a lo largo de la historia, la tecnología tocó con su magia a la industria cinematográfica para modificar y mejorar determinados procesos, lo que hoy en día sucede es totalmente diferente, ya que estamos en los umbrales del completo abandono de lo conocido como cine, para dar paso a las nuevas tecnologías digitales. Si Marshall McLuhan viviera, nos diría que el contenido de un nuevo medio es siempre otro medio. Así que sí, podríamos decir que el cine ha muerto.
Pero, si vamos un poco más allá, vemos que la mayoría de los medios tradicionales, han ido mutando en los últimos años. El futuro del libro probablemente sea el smartbook, (aunque los nostálgicos siempre elijamos abrir un libro de papel para sentir su inigualable olor a libro nuevo.). Los diarios ya tienen sus homónimos digitales. La música se desmaterializa, se transforma en bits y se baja de Internet. La radio también se escucha por la web. Susan Sontag dice, con respecto al cine: “Si la cinefilia ha muerto, el cine, por tanto, ha muerto…no importa cuántas películas, por muy buenas que sean, se sigan haciendo. Si el cine puede resucitar, será únicamente gracias al nacimiento de un nuevo género de amor por él.”. A una conclusión similar llega La Ferla diciendo que sin el espectador, el cine no es tal. Estamos viviendo entonces, más que una muerte de los medios, una forma diferente de consumo. O una muerte de otras cosas. La pregunta ahora es…¿la muerte de qué?
¿Será la muerte del contacto? ¿De lo establecido? ¿Del sentido? ¿Qué más habremos perdido?
Emisor, receptor, mensaje, un canal. Entenderse, comunicar con un fin. Comunicar, por el fin de formar sentido, de formar opinión, de formar cultura. La palabra comunicación proviene del latín "comunis" que significa "común". De allí que comunicar, signifique transmitir ideas y pensamientos con el objetivo de ponerlos "en común" con otro. Esto supone la utilización de un código de comunicación compartido. Un código compartido que forma parte de algo más grande, que nos contiene y nos une por lazos invisibles: los lazos de la cultura.
Para Freud, la Cultura es precisamente la causa de la pérdida de nuestra autenticidad, de nuestra libertad, de nuestra plena individualidad. Somos lo que nos deja ser la cultura, cuya finalidad no es la felicidad de los individuos, sino la represión de nuestros anhelos más fuertes. Y continúa, diciendo que el principio del placer, guía de la felicidad individual, es el enemigo permanente de la cohesión social, de la cultura, que no puede permitirse concesiones que la sitúen en un segundo plano. Pero como las expectativas del individuo sí que barajan la posibilidad de una mayor realización personal en un mundo más alejado de las urgencias de las sociedades primitivas, se percibe la relación individuo-cultura, no como una integración, sino como una oposición. La cultura produce malestar, porque hay individuos que exigen los dividendos de tantos siglos de represión y piden a la Cultura mayor libertad.
Me doy cuenta que vivimos en el cambio hacia una cultura más permisiva en la que yo no me siento tan cómoda. ¿Por qué será? Si me ofrece más libertades, si puedo hacer “lo que quiero”, si casi no se siente la coerción, si el hecho social y el Durkheim del que me hablaron en el CBC casi parecen no existir en mi vida cotidiana, si la televisión, la radio, el Facebook, Twitter, los blogs, todo lo que me ofrece esta neocultura de masas que divide la masa en bizcochitos customizados me permite expresarme, ¿por qué yo, por qué, no me siento más cómoda?
Será porque no le creo, será que no quiero, será que no me gusta como se “usa” la libertad virtual que me quieren vender.
La neocultura me seduce, intenta seducirme, y yo me resisto. Aquí aparece el apunte de Grijelmo. La seducción reside en las palabras, en esos recipientes repletos de pensamientos e ideas en palabras del autor, y que, como objetos inmersos en esta era del vacío, repetimos, escribimos, posteamos, bloggeamos, rtwitteamos, sólo aquel recipiente; pero sin pensar muchas veces en las ideas y los pensamientos que hay detrás.
“Facebook te ayuda a comunicarte y compartir con las personas que conoces.”
La verdad, Facebook, debo decirte que no ayudás a nadie a comunicarse, que sos más bien un depósito de cosas que la gente no tenía dónde poner y ahora puede vomitar virtualmente. Mucho menos compartir con las personas que conozco. Las personas que conozco y me conocen, saben cosas de mí porque me interesó hablarlo con ellas, porque las hago partícipes de mi vida, y porque viven, realmente, viven conmigo esas cosas. Y además, hagamos una encuesta y veamos cuántas personas tienen sólo “personas que conoces” en Facebook. Los resultados son abrumadores, y hablo con conocimiento de causa, porque a mediados del año pasado, fui parte de una encuesta que una amiga, a punto de recibirse de psicóloga, realizó como parte de su materia Informática, educación y sociedad. “Hay una tendencia a la fragmentación, ya que mostramos distintos aspectos de nosotros. Y por eso es una personalidad de corta y pega.”, decía en una parte su tesis final. Es verdad, hay una tendencia a la fragmentación, y yo, puede ser que sólo sea una terquedad, huyo de las cosas fragmentadas. Me gustan más los enteros, los veo más auténticos. Sobre todo, cuando la gente que “conozco”, pone en Facebook cosas que sé que no son ciertas. Cuando veo cómo la gente trata de mostrar lo que no es, para los que, justamente, no los conocen, los vean y se crean ese Frankenstein inventado en que convirtieron a su personalidad gracias a Facebook, mientras yo me sigo preguntando, a la vieja usanza, quién soy, qué quiero para mí, cómo ser mejor persona. Cosas que parecen, hoy día, bastante innecesarias en esta neocultura de individualización masiva, con todas las contrariedades que acuña esta definición, si total, tenemos un montón de solicitudes de amistad pendientes en Facebook.
“Descubre lo que está ocurriendo en este momento, en cualquier lugar del mundo”, dice Twitter en su página de inicio. Otra vez, la promesa de las grandes palabras. Descubre, como se descubren los grandes tesoros, lo que está ocurriendo en este momento…la inmediatez, la omnipresencia que nos promete poder estar en otros lugares, sin estar allí. Lo mismo de lo que habla Pablo Boczkowski en su capítulo sobre las experiencias vicarias. Aunque la virtualización haga que las cosas cada vez sean más “como si” y las palabras, a su vez, nieguen ese “como si” para decir que eso es en realidad estar ahí…sabemos que no lo es. Sabemos que no es lo mismo ver el mar y chatear con gente que está ahí, que embarcarnos en una experiencia que nos llenará los sentidos. Ir al cine no es lo mismo que ver una película 3D en casa, aunque tengamos los anteojos que nos permitan disfrutar de todas las dimensiones. Escuchar la radio, sintonizar el dial, mover la antena para recibir la señal correcta, nunca será lo mismo que tipear en nuestro navegador la web de una radio. Pasar las páginas de un libro, nunca será lo mismo que presionar un cursor o una pantalla táctil. Aunque las palabras traten de seducirnos, nuestros sentidos nos imploran que los escuchemos.
La banalización del saber
Cuando todo es genial, lo genial deja de serlo.
En su capítulo “Experiencias Vicarias”, Pablo Boczkowski nos hace un recorrido por el camino que debe recorrer un medio para cambiar y ofrecer a sus lectores un nuevo formato. Me llama particularmente la atención cuando dice “Todas estas transformaciones representaron un desafío para las identidades ocupacionales de las personas encargadas del proyecto”, y lo relaciono con lo que dice de la función de los periodistas que, según el autor, mutan de proveedores de la información a meros intermediarios entre esta y los usuarios.
Lejos de no ver las virtudes de la tecnología y lo digital en que nos encontramos sumergidos, que no dudo, existen, me interesa más poner luz sobre aquellas facetas de lo nuevo que parece bueno incuestionablemente. El progreso, lo bueno, siempre hacia adelante, creo que nos está dejando un poco ciegos. Y aún más lejos estoy de querer perder de vista estos asuntos.
El cambio de las identidades ocupacionales, también, tiene que ver con la sociedad que utiliza internet (a estas alturas, ya me niego a escribirlo con mayúscula) para buscar información y para darse a conocer. La web 2.0, cooperativa, plausible de ser modificada por cualquiera, de contenidos que nadie chequea y en los que todos confiamos, habla también de un cambio en la identidad de la información y del saber.
De la misma forma que cineastas experimentales como David Lynch utilizan nuevas tecnologías para producir sus películas, y crean productos con cámaras casi caseras, con un objetivo determinado, con un fin de comunicación, con una estética determinada que es coherente con el mensaje que nos quieren hacer llegar, la accesibilidad cada vez mayor de los usuarios comunes a determinadas tecnologías crean una aparente sensación de que cada uno puede decir y hacer lo que quiera.
No puedo olvidarme de que hace algunos años, cuando recién se popularizaba el uso de Fotolog como medio de expresión de los más jóvenes, Cielo Latini, hoy devenida en escritora que ya publicó dos libros autobiográficos, entrenaba futuras bulímicas y anoréxicas a su imagen y semejanza.
Hoy día, si alguien tiene una duda, busca en Wikipedia, y toma como verdades cosas que escribieron otros y cuya única veracidad es el hecho de que todos lo avalamos. Si alguien nos hace un comentario sobre algo que no conocemos, nos basta con “googlear” y mágicamente, nos evitamos pasar por la embarazosa y ya innecesaria situación de no saber, porque leímos 3 líneas de aquello que no conocíamos hasta recién…ahora sabemos.
¿Ahora sabemos?
Mi sobrino sabe que Star Wars es un videojuego. Por más que trate de explicarle que Star Wars es una saga de películas que revolucionó el cine en los años 70, que revolucionó el marketing y que Harrison Ford todavía cobra regalías por su personaje de Han Solo…para él es un videojuego. Y así, con tantas otras cosas, el saber se ve vacío de contenido. En cuestiones mucho más importantes que una película o un videojuego, los nativos digitales tienen un concepto del saber y del conocer mucho más reducido y conformista que el que teníamos antes, cuando saber implicaba leer, ir a la biblioteca, preguntar, involucrarse. Ahora con unos cuantos clics, se soluciona todo. Y así se forma la realidad fragmentada de nuestros jóvenes. Como las personalidades de Facebook, saberes de corta y pega.
Lo que más me asusta, es cómo es de contagiosa esta actitud. Cómo no sólo no hay mucha gente que trate de cortar con esto, sino que se propaga como un virus. Como la gripe A, una realidad inventada en la que nos es mucho más fácil creer, que investigar. Confiar, que ir más allá. Ser masa individualizada, que individuo.

Leo infinidad de veces por día la palabra “genial”. Este video de Youtube es genial, la teoría de la relatividad es genial, genial es el absurdo de Hitler viendo el final de Lost, genial es que alguien se ridiculice en público, Ricardo Fort es genial, Tinelli es genial. ¡Pobre Leonardo Da Vinci! Qué diría si se viera metido en esa bolsa gigante de matices, todos faltos de criterio, en los que aprovecharse de las posibilidades que la libertad virtual nos ofrece, merece los aplausos de pie. Dudo que le pareciera genial. Y no es que carezca de sentido del humor. Pero me es imposible reírme viendo más allá de lo obvio, viendo más allá de lo aparentemente genial, viendo cómo etiquetamos la realidad como nos parece, recortándole, a cada paso, un poco más de sentido. Porque de la misma manera que es fácil decir la palabra genial, que no deja lugar a dudas, también está su contrapartida. La gente que cree que leyendo y no entendiendo tres páginas de un libro de Borges, se siente con derecho a decir que Borges no le gusta. La gente que yendo a ver películas de realización independiente, califica de “mierda” a todo lo que no le gustó, porque no satisfizo sus necesidades pochocleras de azúcar en sangre.
Todo forma parte de un mismo proceso de banalización del saber en el que parece ser que hablar, es saber. Que todo sea opinable, nos da la opción de opinar y ¿por qué habríamos de desperdiciarla?. Todo es posible, todo es experimentable. Todo se puede. Llego la hora, podemos hacer lo que queramos en esta realidad 2.0, en esta virtualidad incongruente muchas veces con la realidad, pero más real. Todos podemos estar ahí. Todos podemos ser amigos de nuestros “ídolos” en Facebook, podemos tenerlos en Twitter, podemos dejarles un comentario y sentir que ahí hubo un diálogo. Podemos saber qué hace el “Kun” Agüero en tiempo real, mientras entrena con su equipo, cría a su hijo, es el yerno de Maradona. Y nosotros, ahí, casi a su lado. ¡Cómo hemos banalizado al viejo Star-system, también! Porque en definitiva, qué tiene de estrella si lo tengo tan cerca, si yo puedo hacer lo que quiero también, si yo también uso Nike, si puedo sentirme tan cerca de mis proyecciones que casi casi las puedo tocar. Si está ahí, al alcance de mi mouse.
¿Me parece a mí, o seguimos comprando el buzón que nos quieren vender?
Gracias, Lipovetsky.
Ya acercándome al final, trato de buscar un autor que me acompañe, que no me haga sentir a mí tan falta de coherencia, que avale un poco mis pensamientos.
En 1983, Gilles Lipovetsky escribió su libro “La era del vacío” que yo encuentro particularmente acorde para ayudarme en mis conclusiones para este ensayo y que elijo, por sobre todas las demás, aunque “El imperio de lo efímero”, también estuvo en la pre-selección.

“La edad moderna estaba obsesionada por la producción y la revolución, la edad posmoderna lo está por la información y la expresión
Creo que sí, que así es. Que hay una obsesión, un comportamiento casi patológico con respecto a la expresión y la información. Que la esfera de la realidad se ha segmentado, en tantos planos, que la realidad holográfica del hombre posmoderno está sobrepasando los límites de lo que se puede comprender. Entonces, no se comprende. Se mira, se pispea, se chusmea, se opina, pero nada en profundidad. Se hace lo que se puede con tanta información, que en definitiva, no se hace nada.

(…)”cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto”
Y cuando nos vemos a la cara, no nos reconocemos. Nos pensamos como perfiles, como comentarios inteligentes o absurdos, como un nick de MSN que te hizo reír, como un estado de Facebook que generó controversia. Como una realidad mapeada en bits, donde borrar a alguien del MSN es como matarlo, no admitirlo es como negarle la entrada a la casa de uno, y decir algo políticamente incorrecto, como un guante en la cara que lo retara a duelo. Pero nada pasa de ahí, nos vemos a la cara y todo sigue como antes, porque la realidad es virtual, la libertad es virtual, y las interpretaciones, moneda corriente pero poco usada. Si alguien interpreta lo virtual con demasiada seriedad, seguramente tenga más de un entredicho con mucha gente, y no llegue a ninguna conclusión definitiva del tema que lo aqueja. Tanto medio de comunicación genera sino una incomunicación, una “descomunicación”, un comunicarse con más malos entendidos que otra cosa, donde lo que uno dice, no es lo que dijo sino lo que el otro entendió, porque en realidad, nunca se dijo nada.


Comunicar por comunicar, expresarse sin otro objetivo que el mero expresar y ser grabado por un micropúblico, el narcicismo descubre aquí como en otras partes su convivencia con la desubstancialización posmoderna, con la lógica del vacío.”
El vacío del que hablaba al principio, el vaciamiento de la cultura del que estamos siendo testigos. Del vaciamiento de sentido, de sentidos, de experiencias reales, de contacto.

En el paso del analógico al digital, hemos dejado nuestros sentidos. Hemos decidido aislarnos tras un monitor para mostrarles a los demás lo que queremos que vean y así, creernos que lo somos. Hemos dejado de preguntarnos, muchas veces, quienes somos en realidad. Hemos dejado de querer saber, para conformarnos con no ignorar del todo, creyéndonos a su vez, que con eso, sabemos. Hemos dejado muchas veces de pensar, para hacer simplemente “clic”, porque otro lo hizo. Hemos dejado de admirar lo realmente importante, empalagados de tanta genialidad aquí y allá. Hemos dejado de lado la búsqueda, por la apariencia. Nos hemos dejado seducir.
¿Qué murió, entonces?
Creo, para concluir, que lo que murió es el vacío necesario. La falta de falta de estímulos nos descomunica, la multipresencia nos está haciendo desparecer.
Nos falta parar la pelota y mirar. Mirar con ganas, no más o menos. Mirar objetivamente, las cosas que por estar anestesiados y seducidos por palabras grandes, por metáforas, por promesas, no vemos. Nos falta vaciarnos del vacío, para poder llenarnos de sentido. Nos falta aprovechar las facilidades de la libertad virtual, con la cabeza real, con el pensamiento, con el verdadero saber que existe desde antes, mucho antes que alguien hubiera usado un microchip para nada. Nos falta volver a las fuentes. Nos falta entender que seguimos estando inmersos en un sistema que nos quiere manejar, que tanta libertad aparente, no es gratis. Que a costa de sentirnos libres, en esta libertad tan fácil de elegir, estamos entregando, a cada clic, un pedacito del verdadero terreno que teníamos ganado. Tenemos que saber que este aparente hacer lo que uno quiera, sentirse cerca de los que por razones obvias están realmente lejos de nuestra realidad, poder expresarnos de todas las formas que se nos ocurran, es una forma de seducirnos para que dejemos de pensar. Para que dejemos de querer hacer las cosas que realmente queremos, y nos conformemos con las que nos venden. Para que no razonemos y sigamos pensando que las historias que vemos en la tele, son las de gente como nosotros, que se conmueve por los chicos que los necesitan, aunque tengan millones en el banco. Porque mientras nosotros miramos la tele, y nos conmovemos llorando con el empresario exitoso pero humano (qué contradicción!) que nos muestra la pantalla, el sur de nuestro país se vende al mejor postor, mientras los aborígenes pierden su territorio, su cultura y su dignidad en las manos de lo que a nosotros nos emociona. Su cultura, que en definitiva, en más legítima que la nuestra, más luchada, más elegida y defendida. Una cultura construida, con sentido, y transmitida de boca en boca, de mano en mano, de generación en generación.
Coincido con Sontag, todo lo que ha muerto en este último tiempo, renacerá sólo si nace un nuevo género de amor hacia eso que ya no tenemos. Si cada uno de nosotros, elige pensar en lugar de aceptar, luchar en vez de aceptar, preguntarse en vez de aceptar, escucharse en vez de aceptar.
El sentido renacerá si nos vaciamos del vacío y construimos, a cada minuto, nuestra realidad, la real. Si elegimos lo que queremos pensando y no porque nos lo ponen delante. Si aprendemos a decir no, si aprendemos a ver que no siempre lo nuevo es lo mejor, ni lo peor, sino que depende de un montón de factores. Si aprendemos que nuestra opinión tiene un valor y le damos un valor a nuestras palabras, no diciendo cualquier cosa, no subiendo cualquier tipo de información, no aceptando cualquier cosa porque lo dice tal o cual medio en el que confío. Porque nada de todo esto, es imparcial e inocente. ¿Por qué, entonces, habríamos de serlo nosotros? Lo que le da sentido a nuestro vacío existencial, es no llenarlo con cualquier cosa, y hacernos cargo de que cada cosa que hagamos, construye y modifica nuestra realidad.

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Ensayo realizado para la materia "Los textos en la cultura" de 2do año de Redacción publicitaria en el ISP- Junio 2010