¿Por qué margen de error?

Lo que importa no es tanto el error, sino el margen. O 50-50. Pero sin esa pequeña brecha, sin que nos falte un poco, no habría posibilidad de mejorar. Hay errores congénitos, que nos acompañarán toda la vida, como una "fallita" en un ojo. Pero eso no quiere decir que no veamos bien. Al contrario, nos obliga a esforzarnos por ver mejor.
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0 Libre fluir

jueves, 7 de abril de 2011

Me pregunto si vale llorar, porque ganas no me faltan. Yo, que soy ahora esta yo que escribe, soy esa misma que ahí era tan chiquita.
Siempre me dio miedo la línea A. Bah, siempre no. Antes. Ahora angustia. Sin duda era domingo, tan café con leche diría Cortázar. Yo sólo puedo decir tan Plaza de Mayo, ese olor inexplicable a madera, rieles, transpiración, días y días de esa cinta de Moebius, pero detenida por el domingo. Ese olor a olor detenido en el tiempo. Los domingos con papá tenían siempre un sabor diferente, no importaba qué había en la heladera; el resultado era un manjar.  Pastas, pan caliente, salsas con sabor a Italia. La familia unida es una mentira, pero cómo nos gustaba mantenerla, jugarla, representar ese rol que era el deber ser. La mamá, la familia tipo, la hermana mayor que huye siempre hacia adelante, yo sola en un subte que prende y apaga sus luces.
Los domingos empezaban siempre con Mochín Marafiotti. El auto de papá era una catramina, una cafetera y él, un chofer al que le pedía que apure su motor. Será por eso que cuando íbamos a la plaza, me llevaba en subte. Nunca le dije que tenía miedo. Siempre ser valiente, sí, papá, me encanta el subte y no tengo miedo si me das tu mano.
Tener miedo era un pequeño precio que había que pagar por pasar una tarde con papá.

0 Un día voy a ser otra distinta

martes, 5 de abril de 2011

Se encontró perdida en los ojos de esa mujer que viajaba frente a ella en el colectivo. Pese a las arrugas de su cara, que eran el fiel reflejo de haber sufrido en la vida, se notaba que era una mujer hermosa. Se la imaginó de joven, con la piel lisa y suave, levemente maquillada. Quizás caminando por las calles de su barrio, del brazo de su madre o su tía, mientras los muchachos le ofrecían piropos inocentes para conquistarla, mientras el colorete se acentuaba más a medida que se ruborizaba y les devolvía una risita tímida, que era todo lo que podía darles. Sí, sin duda era todo lo que podía darles y algo terrible habrá pasado, se ve en su cara, en cada marca de los años que cruza su piel de lado a lado, en la comisura de los labios levemente inclinada hacia abajo, como un gesto de perpetua tristeza. Sin embargo sus ojos tenían una chispa especial, una vida inagotable, un parpadeo adolescente. Esos ojos azul profundo, no iban en esa cara, no combinaban. Como si hubieran permanecido jóvenes, sólo ellos, sólo los ojos, mientras la vida pasaba por arriba del resto del cuerpo de aquella mujer.
Se entretuvo pensando en cuántos años tendría, tarea dificilísima. Si la miraba de lejos, entera; tenía sin dudas más de 50 años. Su ropa, denotaba la lucha que representaba para ella el día a día. Incluso, pensó, podía tener alguna enfermedad. Artritis, quizá. Alguna de esas enfermedades que tienen las mujeres cuando envejecen, cuando deja de importarles su vida, como a su tía Antonia, que cuando ya no tuvo motivos para quejarse, cuando ya había criado a todos los hijos y nietos que pudo, propios y ajenos; cuando ya no pudo desahogar sus gritos en el tío Jacinto, que en paz descanse; cuando tampoco estaban ya los abuelos signando la desgracia en su vida; es decir, cuando finalmente, según todo lo que siempre le había molestado, podía ser feliz, no supo como escaparse de tamaña responsabilidad y contrajo una enfermedad que ni los médicos más eruditos del país supieron decir cual era. Será la tristeza, como decía ella misma. Y debía ser, la tristeza de postergarse hasta el fin de los días. ¿Esta mujer se entendería con la tía Antonia? ¿Podrían ser amigas? Quién sabe, quizá incluso se pelearon por algún novio cuando eran jóvenes. Sin embargo, si con sus ojos hacía un zoom en los de su compañera de viaje, y los miraba detenidamente, no había un solo registro del paso del tiempo. Sus ojos permanecían frescos como una rosa recién arrancada de la tierra, humedecida por el rocío. Y su iris, de un azul nunca antes visto en otros ojos, gritaba historias. Cada pedacito de iris, como un vitreaux, formaba un dibujo que invitaba a descifrarlo.
Sintió deseos de sentarse junto a ella en el colectivo y mirarla fijamente, más de cerca. De preguntarle quién era, de saber quién era en realidad, saber si sus conjeturas eran ciertas, pero sobre todo, de mirarla. Tenía ganas de admirar esos ojos azules, abiertos de par en par, durante el tiempo que quisiera.
El sonido inesperado del timbre la asustó, y la sacó de su letargo. Desorientada, trató de conectar racionalmente la secuencia de hechos que habían sucedido en el pasado inmediato. Recordó, como si hiciera horas que no lo pensaba, la idea que ocupaba su mente segundos atrás: mirar la mujer de ojos azules tanto tiempo como quisiera.
Un escalofrío le recorrió la espalda entera. Tuvo miedo de no poder controlar ese deseo irrefrenable que sentía. Se imaginó haciéndola pasar un mal momento, obligándola a sostener la mirada en sus ojos, en su capricho. Se imaginó...pero el timbre sonó, y cuando volvió a hacer foco en la realidad, aquella mujer, ya no estaba allí.

0 Cristina.

domingo, 3 de abril de 2011

...una mujer se agarra la cabeza entre ambas manos, como si se le fuera a caer, como si ya no quisiese escuchar las gotas que caen sobre el aire acondicionado del departamento de abajo; está lloviendo. Pero no, no es eso lo que le pasa. Es que su cabeza le pesa, por los miles de sueños frustrados que lleva dentro. Si el plano se abriera un poco, veríamos que frente a ella se erige, inmortal, una máquina de escribir de los años cincuenta. Ella quiere ser escritora, pero asimismo, sabe que nunca lo será. Y eso le pesa, claro. Le pesa porque en lugar de estar escribiendo, se lamenta. De la inspiración que nunca llega, del libro que no termina porque no lo empieza, del blog inconcluso, de los proyectos truncados, en fin…le pesa la escritora que siente que está muriendo dentro de ella.
En el piso de abajo, el del aire acondicionado, una pareja tiene sexo frenéticamente, sin pensar en el mañana, ni en los sueños frustrados. No pueden pensar, porque claro, si pensaran, su libido se iría automáticamente de vacaciones, hasta nuevo aviso. No pueden pensar porque ella,  Norma, es casada y está engañando a su marido que viajó por negocios. Él no puede pensar porque es demasiado joven para eso. Joaquín, además, es alumno de Norma, por lo tanto pensar, sería equivocado, se lo mire por donde se lo mire.
Lo que Norma no sabe, y mejor que no sepa, es que su marido está mucho más cerca de lo que ella cree, y en realidad, ese viaje de negocios, era una gira por la ciudad, la misma ciudad en la que llueve, en la que una escritora muere dentro de una mujer…para volver a ser adolescente, como si un instinto le dijera que eso es lo que necesita su esposa. Pedro, el marido de Norma, se reencontró con amigos del secundario gracias a Facebook, y ahora, mientras su esposa grita de placer en brazos de un alumno de 17 años, está bajo los efectos de una planta alucinógena, bailando al ritmo de la música electrónica en un sótano de Buenos Aires. No está gimiendo de placer, pero no le falta mucho.

Todo pasa tan cerca…y sin embargo, Cristina no puede encontrar la inspiración…cree que el mundo ha dejado de girar mientras ella perseguía quimeras adolescentes…No puede soltar su cabeza, pero ahora no sólo la sostiene, sino que la presiona con las palmas de sus manos.
Las horas pasan rápido, los cigarrillos se agolpan en un cenicero que nunca se vacía. Cristina se ve frente a su máquina de escribir y el papel blanco, virgen, que tanto miedo le da. No salieron de sus dedos las palabras, porque sus dedos no se movieron de su cabeza en toda la noche. Y la noche se terminó. Otra noche más. La botella de Whisky justifica el dolor de cabeza, está bien que la sostenga entre sus manos. Pero no, se dice…no voy a pasar otra noche más así. Ni un día más, ni un minuto más. Coloca sus manos en la máquina, por fin va a empezar a escribir…pero sus manos no le responden y toman con fuerza la máquina por la base, se hunden los dedos en el frente hueco, sienten las teclas, las manos intentan agarrarla con más fuerza porque el peso hace que sus muñecas se venzan y la máquina se estrelle contra el suelo, despidiendo rollos de cinta y provocando un estruendo.

En el piso de abajo, Joaquín sobresaltado, pregunta a Norma si escuchó ese ruido, justo cuando las chapas del aire acondicionado traen el ruido mucho más cerca, y un grito, que baja…un grito que queda en el aire por un segundo, y se pierde…

Sirenas, policías, gritos, corridas. En la calle, un hombre con la cabeza destrozada por una máquina de escribir justo, estuvo a unos segundos de abrir la puerta de su casa y dormir con su mujer, porque la extrañaba. Le diría que el viaje había tenido algunas complicaciones y que alguna reunión había sido suspendida. Sólo quería acostarse junto a ella, y sentir el calor de su respiración en su cuello, como lo sintió los últimos veinte años. Junto a él, muere una escritora con todas sus historias dentro de ella, que jamás dejó salir. Se llamaba Cristina.